EL FIN INICIA EL FIN
Autor: © JESÚS ALEJANDRO GODOY
CIUDAD DEL VATICANO ROMA, ITALIA.
13 de Noviembre 2003
“...Y nacerá la guerra que jamás se vio hasta ahora, porque será la última guerra; y con ella llegará el que guiará a los ejércitos del Bendito sobre la tierra.
En su nombre el signo de los últimos tiempos será carne. Será amado, y odiado por millones; porque verán en él, la amenaza jamás soñada.
Y será en ése mismo momento, cuando algunos de los hombres y mujeres de la tierra, invocarán al innombrable, para que acuda en su ayuda, porque verán el verdadero Espíritu de Dios, descender, y se negarán a habitar en él, porque ellos, invocarán al rey tremendo de la perdición terrenal. De ahí nacerán los adversarios más increíbles, oscuros y temibles, que jamás ha visto el mundo; porque éstos, serán guiados por la mano del Innombrable, y ante sus pies caerán miles de almas, más su belleza, atraerá hasta a los elegidos por el Altísimo.
La conversión será lenta, pero irreversible.
Y antes que todo de comienzo, los síntomas de la llegada se harán sentir.
¡Hay para la madre de éste guerrero! Por que el miedo se adueñará de su corazón, más la fuerza de Dios, la protegerá de cualquier daño.
¡Hay para el hombre que haya concebido a éste guerrero! Porque él nada comprenderá, hasta que la batalla se inicie; más el entendimiento, llegará a su corazón en el momento indicado.
Y llegará el día en que vea la primera luz, llegará el día en que muchos le seguirán, y muchos darán su vida para protegerle.
De ahí nacerán los guerreros sabios, los guerreros benditos y terribles; ésos que jamás ha conocido el alma humana, porque serán guiados por la mano del Dios Verdadero, y su furia caerá sobre la tierra, despojando de gracia a todos los que por seguidores del Cristo se hicieron pasar.
Y llegará el día en que la guerra se inicie.
Será una guerra silenciosa entre los que ven y los que no.
Muchos mitos serán desterrados, y aún las grandes religiones se verán amenazadas e invocarán al innombrable para conservar su poder entre los hombres. Muchos perderán el trono, y otros obtendrán el poder oculto del Bendito.
Y llegará el día, en que la guerra se inicie, que por muchos será llamada, la guerra de Dios.
Aparecidos se dejarán ver por ojos comunes, los que nunca soñaron con los bajos del infierno lo harán, y su llanto será profundo. La tribulación en la tierra comenzará. Los hombres y las mujeres, pensarán que han caído en brujerías, porque sombras negras verán pasar por sus aposentos; por cuanto éste peso en sus almas sentirán, que hará que su fe se pierda, las palabra divinas no les alcanzarán para comprender lo que ven, y en manos de falsos profetas caerán sus corazones.
Ése, será el tiempo, cuando los guerreros de la luz y de la oscuridad, se posarán en la tierra.
Los ejércitos del demonio, serán reclutados cuando el líder negro vea la luz del sol y cobre su primer alma. Y a ellos, se les permitirá hacer iniquidad contra el hombre y sus bienes, puesto que el Altísimo probará la fortaleza de los seguidores del Dios verdadero.
Se permitirá que muchos que se llamen a sí mismos ángeles del cielo; algunos perderán su raciocinio y santos venidos de otras estrellas se nombrarán entre los hombres, y harán grandes señales, pero la verdadera perdición habitará en sus almas.
Mas éstos, caerán de rodillas, cuando sus almas comprendan la verdad del Espíritu, y se negarán a dejar el poder que ellos creerán tener. Odiarán al mismo Dios, y lo desafiarán a batalla.
Será ése momento cuando el infame hará su llamado, y muchos lo aceptarán como su líder verdadero. Creerán que tendrán el dominio, pero solamente será un momento fugaz.
Y será cuando se eleve el que guiará los ejércitos del Altísimo, y en su corazón habitará en silencio el llamado de Dios, hasta que éste se deje escuchar.
La palabra se dejará oír, y el alma de lo que fue, es y será, bajara entre los Grandes Maestros.
Hombre será, caerá y se levantará, hasta que su alma sea pulida.
Su llamado se escuchará en la tierra de la Plata y los Aires, donde Dios ha de propagar su existencia entre los hombres.
Muchas voces se alzarán en contra del camino indicado, más los ángeles de Dios, empezarán su marcha empuñando sus espadas.
¡Hay de los que batallen en contra del elegido, porque llevará consigo la furia de Dios, para preparar el camino!.
¡Hay de los que vivan en ése tiempo, porque la tribulación será terrible!.
El mundo dejará de existir como lo conocemos, y el nuevo mundo nacerá muy lentamente. Los primeros dolores del parto se sentirán poco a poco.
Grandes señales dejará ver Dios, para hacer sentir su presencia. Objetos inanimados parecerán tener vida propia, los astros se comportarán a voluntad de las voces. Muchas videncias hablarán los hombres y mujeres que vivan en la fe, más sus gritos no serán escuchados, cuando el ejército del Innombrable se esté acercando, y muchos perecerán bajo el consentimiento de sus pares.
Ojos blancos, azules y negros; muchos mirarán, pero pocos podrán ver.
Cuando los ángeles pisen la tierra, muchos hablarán cosas extrañas, pues el espíritu divino en carne se transformará.
Las armas no servirán, balas ni cañones herirán la carne de los venidos, como los gigantes antes del diluvio.
El oro dejará de brillar, los tesoros del hombre se pudrirán en sus cofres.
La oscuridad dominará el día, cuando la sangre negra, empiece a correr por las venas del Innombrable. Su ejército maldecirá a Dios, y seducirá a muchos. Dios dejará actuar con paciencia al malvado, más cuando las almas que le han servido y que están señaladas con la perdición se unan, Dios hablará del líder terrible que batallará en su nombre.
Mas allá de los años del dos mil, será el momento cuando el líder del Bendito se mostrará en un lugar extraño y desposeído, pero dominado por el espíritu; pues cuando el calendario marque las cuatro lunas menguantes, la guerra se iniciará. Más el innombrable, ya tendrá a sus ángeles prestos a dar batalla.
El día a llegado, éste es el fin que inicia el fin, puesto que el líder del ejército del Altísimo, será carne, y el signo se verá ante los ojos comunes...”
El grupo, escudriñó palmo a palmo al cardenal Máximo Zarelli; éste dejó la lectura, se quedó un momento en silencio, se puso de pie, y caminó por la enorme sala subterránea del Vaticano.
Se detuvo ante las enormes pinturas, que reflejaban los rostros de algunos Papas, y continuó su camino con sus manos entrelazadas detrás de la cintura.
Algunos cardenales murmuraban entre sí; otros, solamente se quedaron en silencio y parecían cavilar sobre la veracidad de las palabras que habían escuchado.
El cardenal Zarelli, regresó a paso cansino, movió un poco su sillón de nogal, y se sentó pesadamente.
―Bien señores ―dijo―, no tiene sentido que siga leyendo... esto que ven aquí, es ni más ni menos que uno de los escritos atribuidos a Methegebhel, uno, de los que ya saben, forma parte del grupo de los cuatro grandes profetas antiguos―.
Los doce hombres dispuesto en la gran mesa se miraron y apenas murmuraron.
Uno de los cardenales más autorizados para emitir opinión por sus conocimientos teológicos, alzó uno de sus dedos.
―Lo escucho Ragatti ―dijo Zarelli.
―Su eminencia ―empezó diciendo Antonio Ragatti―, estuvimos discutiendo largo tiempo con los colegas, todo lo concerniente a éste papiro que contiene ésta... digamos profecía por así llamarla, creo que...
―¿Para usted es una profecía? ―preguntó inquisitivamente Zarelli.
―Su eminencia, sabemos que Methegebhel, era uno de los cuatro grandes maestros de las profecías y...
―Me consta, y por ende no es de mi interés discutir eso aquí. Solamente le pregunto a usted y a los demás; si consideran éstos escritos como una profecía fidedigna.
Ragatti se quedó un momento en silencio, y miró a los once restantes hombres, que conformaban el grupo de los trece grandes cardenales de la iglesia Cristiana.
―Su eminencia... algunos creemos que Methegebhel, escribió una profecía fidedigna ―explicó Ragatti.
―Bien... ―dijo Zarelli―, creo que tenemos un problema aquí... estimado ―dijo y cruzó sus manos sobre la gran mesa de roble lustroso―.
Todos los cardenales se miraron, y miraron a la vez a Zarelli.
―¿Cuál es ése problema su eminencia? ―preguntó Ragatti.
―El problema es la respuesta que escuché recién aquí ―respondió con el ceño fruncido.
Los demás cardenales se miraron nuevamente, y guardaron silencio.
―Disculpe su eminencia, pero estamos seguros que ésta profecía es auténtica ―dijo el cardenal Funesse
―¿Por qué...? ¿Por qué unos estudiantes de arqueología, encontraron hace poco días esto accidentalmente en la vieja Jerusalén...? ―preguntó Zarelli con un gesto lento y pesado, señalando el papiro y su traducción―.
―No su eminen...
―¿Por qué encontraron éstos textos apócrifos anticristianos ocultos en un cofre rodeado de diamantes y perlas? ¿Tal vez, porque el cofre tenía el sello de los dos peces en su cierre y en sus caras? ―preguntó el clérigo más que ofuscado―.
―Su eminencia, si me permite unas palabras...
―Ya he escuchado demasiado Antonio, no quiero oír nada más sobre éste Methegebhel y sus letras deformes, que matan los sagrados textos de la Biblia... quiero que sean guardados con los demás, y no se hable más de ellos ―sentenció Zarelli.
―Su eminencia... creo que sería muy apresurado de nuestra parte, tomar éste texto superficialmente, creo que tenemos que analizar a conciencia las palabras de...
―¿De quien...? ¿De éste hablador? ¡Pero por favor... cualquiera hace una profecía hoy en día... y no quiero escuchar más éstos cuentos de Methegebhel, que solamente pueden ser comparados con los acertijos escritos por Nostradamus...! ¿Está claro?
Algunos cardenales se miraron y sonrieron, otro se mantenían impasibles, ante la arremetida de Zarelli.
―Hermanos... ya estamos plagados de profecías que van y vienen... ¿No les parece que una más, nos aleja del camino de la salvación y nos entorpece la visión hacia la verdadera palabra de Dios? ―preguntó el cardenal, mientras encendía un Gold Leaf.
―Su eminencia... creo que usted tiene toda la razón, pero creemos, y aseguramos que ésta profecía es netamente de puño y letra de uno de los cuatro grandes maestros del antiguo imperio. Compárelo usted mismo con los demás, y verá que la escritura Hebreo-Caananita, dista de ser una copia, o una falsedad. Creemos que éste documento es una reliquia, y, además, tenga en cuenta el lugar donde fue hallado, y las condiciones en que también fue hallado el cofre con la documentación ―dijo Ragatti, con vehemencia.
Antonio Ragatti era uno de los cardenales más prominentes de la ciudad del vaticano y tal vez, de toda la iglesia cristiana, no porque fuera un hijo pródigo italiano, pues había nacido en Argentina, más precisamente en Ituzaingó, hacía ya sesenta y dos años atrás; sino, porque su inmensa sabiduría, sumada a su habilidad política, lo había catapultado hasta las esferas más altas y exclusivas de toda la iglesia.
Era un hombre de un metro ochenta de estatura y casi ochenta kilos de peso. Sus ojos café, su rostro surcado por arrugas, su bigotes estilo dandy y su inteligencia, formaban un conjunto admirado por unos, y temido por otros, pero en realidad, Ragatti era una persona afable y dinámica.
Adicto al humor, a las pastas, al arroz y al tabaco rubio, había llegado a ese lugar, apadrinado por una de las personas más sabias e irascibles que había conocido en toda su vida: Máximo Zarelli.
Zarelli, lo había empezado a inducir cuando Ragatti tenía cuarenta años de edad, recomendado por su gran amigo Francisco Novak, un eminente clérigo, que tenía su base en la iglesia San Judas Tadeo de Ituzaingó, y él, lo había llevado directamente delante del obispo de Morón: José Francini, el cual, estaba contactado con la mayoría de las personas más poderosas de entonces, los cuales, lo habían apoyado económicamente, para finalizar sus estudios, y para que pudiera viajar a Italia.
Ragatti chocaba continuamente con su Zarelli, pues tenían ideas muy diferentes, pero perseguían el mismo objetivo; y en ése juego, se había ganado la simpatía y el respeto tanto de su mentor, como de sus pares. Zarelli lo quería tener a su lado, para que sea su apoyo en el tan desconocido, pero internamente carnicero ambiente de la ciudad del vaticano, y por eso había aceptado apadrinarlo con varias recomendaciones: la de Novak, la del obispo de Morón José Francini, y dos de las familias más poderosas de Ituzaingó y tal vez de Argentina por ése entonces: Los Barrientos y los Montefusco.
Ragatti había recibido la noticia más con preocupación, que alegría, cuando a los cincuenta y dos años, fue nombrado cardenal en el vaticano, y pasó a formar parte de un grupo selecto de hombres, que se encargaría de custodiar los santos (y no tanto), secretos que guardaba la iglesia toda, así como la información que se suministraba a más de cien mil millones de fieles en todo el mundo, en un país que le era extraño, y en un entorno que, a puertas cerradas se decía que era muy competitivo y terriblemente exigente.
Los cardenales (que eran trece), los que se habían ganado el apodo de “El grupo de los trece grandes”, no era más que un grupo de hombres que se sentaba a una mesa de discusión, donde se decidían las estrategias de información, votación, y se redactaban los discursos para el sumo pontífice, amén que algunas veces, él mismo desestimaba al grupo, porque había algunos integrantes, que tenían ideas muy cerradas, y querían literalmente mandar a la hoguera a más de una persona con “ideas liberales”, con tal que las leyes y las ideas de principio de siglo, y las ancestrales, fueran respetadas a rajatabla.
La entrada de Ragatti, había dado un respiro a Zarelli, ya que él mismo, era un ferviente partidario de analizar las cuestiones, antes de darlas por finalizadas, pero también era un ferviente adorador de la palabra; y cuando había algo, o alguien que pusiera en riesgo el equilibrio de la iglesia y sobretodo de la información, era el primero en actuar en consecuencia, desmintiendo todo, sin miramientos.
Ragatti admiraba profundamente a su mentor, y eso, le había traído más de un dolor de cabeza, por los continuos enfrentamientos con los oponentes, pero el tema que tenían entre manos ahora, era algo muchos más frágil, de lo que ellos suponían.
Zarelli miró al grupo que discutía acaloradamente, se cruzó de brazos, asintió mirando a Ragatti, y empezó a caminar nuevamente en silencio por el gran salón. Zarelli no estaba seguro de sus palabras, pero también sabía que no podía poner en su contra a todo el grupo de cardenales.
Exhaló un poco de humo y resopló.
―¡Señores... señores por favor! ―exclamó desde lejos.
Todos los cardenales miraron en su dirección y guardaron silencio.
―Caballeros, creo que es hora de que la iglesia no promueva internamente más éstos... escritos... Compréndame por favor, apelo a su buen juicio; no dudo de la confiabilidad y la exactitud que puedan contener ésas palabras ―señaló el papiro―, pero no creo que algo así, pueda ser una evidencia razonable, de que una guerra apocalíptica entre ángeles y demonios, tendrá lugar en nuestros tiempos, y menos en nuestra tierra... caballeros, si no están de acuerdo con lo que digo, exhorto a que llevemos éste intercambio de ideas a una votación ―dijo Zarelli.
Ragatti que era conocido como “el gran segundo”, se puso de pie y dijo―: Su eminencia... también estamos de acuerdo en que éstas palabras son confiables, y entendemos su postura, porque es también la nuestra ―extendió su mano y señaló alrededor de la mesa―, pero también deseamos que el papiro tenga un tratamiento especial, y no sea colocado con todos los demás hallazgos apócrifos.
Uno de los cardenales Timoteo Naninni, más conocido como “el gran tutor”, se puso de pie trabajosamente y dijo―: Su eminencia, creemos que las palabras de Methegebhel, no pueden ser tomadas a la ligera, usted mismo nombró a Nostradamus, y sabemos a puertas cerradas que si bien sus profecías son extrañas, muchas pueden ser tomadas como valederas; lo mismo digo de los escritos de San Malaquías y Fátima... su eminencia, no tengo que recalcarle los muchos misterios que pueden encerrar éstas palabras, pero estoy de acuerdo con el hermano Ragatti, deseo que éste papiro tenga un tratamiento especial, sin que el contenido sea divulgado. Sabemos que casi en dos mil años de historia papal, tenemos un inmenso archivo basar en éste santísimo lugar, ¿por qué no colocar éste papiro con los otros documentos admitidos? ―preguntó Naninni mirando a sus pares.
El Cardenal Pedro Funesse se puso de pie rápidamente.
―¡No creo que éste documento tenga que ser tomado como valedero...! Digo que sea llevado a las ermitas donde descansan los apócrifos, y sea guardado con el sello de los textos sacrílegos ―dijo Funesse y se sentó nuevamente, con gesto disgustado―.
Todos los cardenales apenas murmuraron. Ragatti tomó asiento, miró a Funesse, le dijo algo al oído y apenas sonrió.
Todos los cardenales, menos Zarelli, murmuraban, algunos hablaban y conjeturaban sobre el destino del papiro.
Había ideas divididas en el lugar.
Algunos decían que había que colocar el papiro junto con los “sacrílegi documenti”, donde se guardaban textos apócrifos de traducciones bíblicas antiguas y otros documentos sin importancia para la iglesia, pero que extrañamente se mantenían ocultos.
Otros cardenales, querían darle un tratamiento “más santo” al papiro, y colocarlo con algunos de las traducciones bíblicas, y documentos aceptados por la iglesia cristiana.
Zarelli apagó el cigarrillo en uno de los ceniceros dispuestos en el lugar, y se sentó nuevamente.
―¡Caballeros... caballeros por favor! ―dijo rascándose la frente―. Creo que tenemos una pequeña disputa aquí... Hermano Ragatti,
por favor, subiré a mi aposento; en media hora, quiero tener una decisión indeclinable sobre el destino de éste escrito ―agregó, hizo una reverencia y desapareció de la sala a paso cansino―.
El cardenal Ragatti tomó posesión en la cabecera de la mesa, y empezó a discutir el destino del escrito, con algunos de sus colegas.
Máximo Zarelli, subió trabajosamente por una de las enormes escaleras de mármol se detuvo en uno de los descansos y suspiró.
Saludó con dejadez a uno de los guardias del Vaticano, que sostenía una pequeña lanza de nogal, y la movió levemente a modo de saludo, dio un paso hacia atrás enfundado en su traje bicolor, e hizo una pequeña reverencia.
El cardenal subió por otra de las escaleras laterales, se detuvo un momento a mitad de uno de los escalones y miró por uno de los grande ventanales. Estaba cayendo la tarde, un enorme sol de invierno, hacía juego de sombras con los edificios linderos, que se proyectaban en el patio central.
Zarelli suspiró una vez más, y siguió su camino, pensando en el papiro, la nueva “adquisición”, que había llegado desde Israel, más precisamente desde uno de los lugares más extraños de Jerusalén.
Sabía que el documento había sido hallado accidentalmente por un grupo de estudiantes de arqueología; (lo más extraño era, que los muchachos que no pasaban los treinta años de edad, no llevaban herramientas, solamente llevaban algunas lupas, linternas, e iban con uno de los guías del lugar, en una de las numerosas visitas), en una de las catacumbas, donde se decía que estaba el verdadero suelo de Jerusalén, casi cuatro metros debajo de la Vía Dolorosa.
El guía del lugar, había informado que uno de los jóvenes, había empezado a hablar en un lenguaje extraño, que él enseguida había reconocido como Hebreo antiguo, pero por su escaso conocimiento, no había podido entender del todo bien, el significado de las palabras del joven.
Zarelli llegó a otro de los descansos de la escalera, saludó a otros de los guardias, y caminó por uno de los pasillos, sintió un leve mareo y se sentó en una de las sillas dispuestas en el lugar, debajo de un fresco que representaba a San Jorge, venciendo a Satanás.
El cardenal removió un poco su solideo púrpura, y pasó su mano temblorosa por su incipiente calva.
“¿Qué era lo que había sucedido?” pensó
―¡Ahhh... si! ―murmuró y se secó el sudor de su frente con uno de los pañuelos―.
Le habían informado que el muchacho empezó a gritar como un endemoniado y que había hundido uno de sus puños, en una de las rocas salientes del lugar, quebrándola en varias partes. Todos los presente se había rejuntado en una de las esquinas, mirando espantados la escena.
Luego, simplemente el muchacho había introducido su otra mano, extrayendo la roca, y dejando al descubierto una apertura, por donde apenas se dejaba ver un escalón pequeño, parte, de una escalera de gran tamaño.
El muchacho luego miró a sus compañeros, y todos cuando contaron la historia, habían asentido en que los ojos marrones del joven se habían vuelto de un color azul profundo, y su rostro se había “iluminado” con una extraña fosforescencia.
Luego, el joven simplemente se había desvanecido sobre el duro suelo de roca, quebrándose el hueso nasal, por el impacto de la caída contra restos de la piedra que él mismo había roto instantes antes. Pero extrañamente, los huesos de la mano que había usado para partir la piedra (que según el guía era de casi noventa centímetros de largo, cincuenta centímetros de ancho, treinta centímetros de profundidad, y casi sesenta kilogramos de peso), estaban intactos, al igual que su piel.
No había explicación alguna para ése suceso, y Zarelli lo sabía, ésa información la había mantenido lejos de los oídos de los cardenales y de todos sus colegas; no así, lo había hecho con el cofre donde se había encontrado el documento
Había estado a punto de llamar a Ragatti, para ponerlo al tanto de lo que había sucedido con el muchacho, pero no lo creía necesario; a fin de cuentas, había mantenido la reyerta más que acalorada, nombrando el cofre...
―El cofre ―murmuró quedamente―.
“¿Por qué alguien guardaría un solo papiro en un cofre con el símbolo cristiano, engarzado con diamantes y perlas en las caras de la caja, siendo que todas las profecías conocidas de Methegebhel estaban custodiadas en la ciudad del Vaticano?” pensó.
Ya los demás cardenales, estaban al tanto que el lugar del hallazgo, había sido vedado al público casi al instante, y había empezado a ser estudiado con sumo cuidado, por un grupo de arqueólogos y estudiosos del Vaticano, y algunos arqueólogos israelíes, que solamente había sido llevados como “apoyo”, para tareas puramente administrativas; en realidad, el descubrimiento era inquietante, y los arqueólogos que respondían a la iglesia, tenían que guardar lo que encontrasen con recelo; ésas, había sido las órdenes.
Finalmente había llegado a un acuerdo con el gobierno de Israel: el departamento de arqueología de ése país se quedaría con el cofre, y el Vaticano con el documento. Era un buen negocio, atento a las palabras que enseguida había leído uno de los estudiosos. El cofre era una reliquia invaluable; pero para la iglesia, el poder de la información hallada, era un tesoro más preciado.
Cuando las primeras traducciones de las palabras que contenía el documento había llegado al Vaticano, Zarelli había mandado a que el hallazgo fuera desmentido enseguida; el guía y los estudiantes de arqueología habían sido persuadidos con fuertes suma de dinero para guardar silencio, bajo amenaza de iniciar acciones legales, si así no lo hacían.
Y para fortuna de algunos, el muchacho que había descubierto el cofre, un tal Robert Brown, había fallecido en medio de un “delirium tremens”, casi cuarenta y ocho horas después, en un hospital, en las afueras de Jerusalén.
Lo que perturbaba a Zarelli, era la palabra que había gritado el muchacho antes de morir: Numarhiel.
No se quería dejar llevar por historias fantásticas, pero no podía obviar el hecho de que eso había sucedido ante varios testigos: familiares, doctores, y enfermeras del lugar.
El cardenal suspiró una vez más, se sentía agotado, pero no sabía la verdadera razón, tal vez, era por la nueva información contra la que tenía que lidiar; o quizá, por seguir el trajín del sumo pontífice, y toda su comitiva.
Se puso de pie trabajosamente, miró una paloma que pasó volando rápidamente por uno de los grande ventanales, y sonrió. Dio un paso, pero se dobló tomándose la barriga, hizo una mueca de dolor, se apoyó en la pared, y tomó una bocanada de aire. Se sentó nuevamente, y dio un gran suspiro. Escuchó un sonido tenue, era un sonido similar a varias campanadas celestiales, venidas desde muy lejos.
Miró su hombro, pequeñas gotas de sangre caían de algún lugar, alzó la vista, y la clavó en el fresco que tenía sobre su cabeza.
San Jorge estaba blandiendo su espada de fuego en una mano, y en la otra sostenía la balanza del bien y el mal; sus enormes alas blancas estaban extendidas, mientras que miraba al demonio que se retorcía debajo de su pie justiciero, que lo mantenía de espaldas sobre una roca, con sus alas negras y puntiagudas, tratando de librarse del castigo divino del santo. Satanás tenía la boca entreabierta, por donde se dejaban ver una hilera de dientes afilados, y una lengua bífida; sus ojos rojos, estaban groseramente abiertos, tal vez, en un gesto se piedad.
Zarelli, miró nuevamente su hombro, palpó una de las tres gotas de sangre con la punta de su dedo índice y la olió lentamente.
El aroma era muy similar al de una flor de rosa, o al de un jazmín, era un aroma dulce y placentero.
Escuchó nuevamente el pequeño tintineo, primero miró hacia el pasillo, tal vez se acercaba un guardia, tocó una de sus orejas.
No tenía sangre. Bajó la cabeza, se sintió mareado.
Escuchó un sonido grave pero tenue, y nuevamente el tintineo, se refregó un ojo y miró nuevamente el fresco.
Una de las llamas de la espada del santo, flameó al viento.
El cardenal, salió despedido de su asiento como si hubiera tenido un enorme resorte en la silla; se colocó frente al cuadro, pegando sus espaldas a la pared contraria. Abrió los ojos, sus manos y piernas empezaron a temblar.
Se persignó y se quedó en el lugar.
“Dios mío, estoy enloqueciendo” pensó, sonrió y se pasó un dedo por una de sus cejas.
Miró nuevamente el cuadro, y se acercó lentamente hacia él, pasó su mano temblorosa sobre el cristal que protegía el lienzo.
Miró detenidamente la pintura, no había nada allí.
Se escuchó un leve ruido a cristal resquebrajándose. El cardenal siguió con la mirada la pequeña grieta que se iba formando en el cristal, retrocedió un paso, pero no pudo hacer nada más.
El cristal protector, se resquebrajó en mil fragmentos, que estallaron en el rostro de Zarelli, haciéndole leves cortes en la piel.
Miró el cuadro con sorpresa y miedo.
San Jorge alzó la cabeza, y clavó la vista en los ojos se Zarelli. Sus alas blancas batieron en vuelo, y su cabellera rubia empezó a arremolinarse al viento.
Su espada de fuego, se reflejó sobre su pechera gris y su vestidura blanca.
El cardenal trastabilló y cayó pesadamente al suelo.
El santo señaló al cardenal con la mano en la que sostenía la balanza, el tintineo se hizo más grave, cuando el viento azotó los pequeños platos contra las cadenas de la misma.
Los ojos del santo resplandecieron en el fondo celeste de la pintura, se elevó unos centímetros del suelo y dijo con voz de ultratumba―: Numarhiel...
Apartó su pie de la garganta de Satanás, y éste se irguió extendiendo sus alas negras, ocupando casi la totalidad del fresco.
―El fin... se inicia ―se escuchó decir a una voz trémula y pastosa, que salía del cuadro.
La pintura empezó a desvanecerse, la acuarela empezó a correrse por la tela, manchando el recuadro de plata, y la pared. Se escuchó una risa atronadora, el suelo del pasillo se resquebrajó, y la gruesa alfombra con el escudo papal se partió en dos.
El cardenal Máximo Zarelli se arrodilló y se persignó, la sangre empezó a correr por sus oídos, por su boca y por sus ojos.
Su vestiduras se tiñeron de un rojo profundo, apenas pudo alzar su vista, y vio que a su lado, se encontraba de pie un ser alado y enorme, que lo miraba con gesto grave.
―Dios... te encomiendo mi espíritu ―murmuró el cardenal con lágrimas en los ojos―.
La aparición sonrió de lado; las flores que estaban dispuestas en los floreros de porcelana, se marchitaron en un santiamén, y un bao hediondo dominó todo lugar.
―¡Avisa... al hombre! ―dijo el espectro con voz enorme y potente―. Lo señaló y tocó su frente.
El cuerpo de Zarelli, pareció haber sido alcanzado por un potente rayo, y empezó a sacudirse con violencia. La sangre burbujeaba, y salía despedida de su boca a presión, sus tímpanos estallaron. El cardenal dio un grito ahogado y cayó inerte sobre la alfombra.
Uno de los guardias había escuchado el sonido de los cristales, y se había acercado a paso rápido, pero ya era tarde... Habían hallado el cuerpo sin vida, de uno de los hombres más poderosos del Vaticano.
Debajo del cadáver, se había encontrado una profunda grieta en el concreto, dentro de ella, los peritos del lugar, había encontrado la totalidad de la sangre coagulada de Zarelli.
Su extraña muerte se mantuvo en el más absoluto secreto, no se permitió fotografiar el cuerpo ni el lugar, las preguntas fueron respondidas como muerte natural, producida por un paro cardio-respiratorio.
El cuerpo sin vida del hombre fue llevado primeramente a sus aposentos, y ahí se realizó toda la ceremonia pertinente, para constatar que Zarelli estaba muerto. Posteriormente, fue entregado a manos de los médicos del lugar que se encargarían de realizar las inspecciones y arreglos necesarios.
Cuando los médicos legistas del lugar, que vieron el cuerpo del cardenal, solamente pudieron observar algo. Mandaron llamar urgente a Ragatti.
―¿Qué es ése símbolo en su frente? ―preguntó Ragatti, a uno de los médicos que se había encargado de realizar la autopsia, y luego de embalsamar el cuerpo.
―Su eminencia, mis colegas y yo, damos fe que el cuerpo del cardenal Zarelli, no tenía marca alguna al momento de morir. No puedo explicar lo que veo ―dijo el médico.
El cardenal se acercó al cuerpo de Zarelli, lo miró con impavidez y se persignó.
―Su eminencia, le preparé varias fotografías desde distintos ángulos, para que usted pueda sacar sus propias conclusiones ―respondió Mario Cotti, el médico legista del Vaticano, y uno de los pocos que había tenido acceso al cuerpo del cardenal―.
Le entregó las fotografías, hizo una reverencia y se alejó a paso lento.
Ragatti, tenía una vaga idea de ése símbolo: tres puntos equidistantes, en forma triangular, y en el centro de ellos, lo que parecía representar una luna menguante; pero por más esfuerzos que hiciese, no recordaba donde lo había visto.
Dio instrucciones precisas de cómo tendría que ser la ceremonia, e instó a todas las personas que habían tenido acceso al cuerpo, que guardaran el más absoluto de los silencios.
Mientras todo estaba en marcha, Ragatti, se perdió en la inmensa biblioteca del lugar; estuvo horas y horas buscando algo similar al símbolo que había fotografiado Cotti, pero no tuvo éxito en su empresa. Miró por una de los ventanales del lugar, y vio a una pequeña hormiga que se paseaba por el lado externo de la pared, y fue cuando recordó algo...
Sus manos temblaron y tomó el crucifijo de plata que llevaba colgado al cuello. Lo besó una vez, varias veces. Se tapó los ojos con las manos y murmuró algo.
Su evidente estado de conmoción y hasta cierto punto depresivo, fue interrumpido por una de las monjas que oficiaba como asistente, que le venía a avisar que tendría que dar comienzo a los preparativos del funeral de su viejo amigo y mentor.
El cardenal le hizo un gesto lento, dándole a entender que pronto estaría presto para las ceremonias.
Su mente vagó un momento en los recuerdos que tenía del cardenal Máximo Zarelli.
“Ciertamente tenía muchos enemigos internos, pero seguramente nadie querría verlo muerto, y menos de ésa horrenda manera” pensó.
Cerró lentamente uno de los pesados volúmenes que tenía en su mano; suspiró, y se puso de pie.
La ceremonia fue casi secreta, el cuerpo de Zarelli no fue expuesto, y solamente se aceptaron condolencias por correspondencia.
Ragatti, recibió a algunas personalidades, que se acercaron a dar el pésame, y eso fue todo. De inmediato el cuerpo fue depositado en unas de las muchas catacumbas subterráneas del Vaticano.
Luego de esto, Ragatti, se reunió con los cardenales, todos estaban consternados por lo que había sucedido, y más por las causas: el cuerpo de Zarelli sin una gota de sangre, un cuadro con la acuarela totalmente removida, y una grieta en el pasillo del mismísimo Vaticano, no era aceptable algo así, y menos en ése lugar.
―Hermano Ragatti... ¿qué sucede? ―preguntó el cardenal Funesse.
Ragatti alzó la vista y miró con paciencia a todos los demás clérigos. Se colocó uno de sus dedos levemente doblado en sus labios por un momento y atinó a hablar, pero guardó silencio. Negó con la cabeza y bajó la vista nuevamente.
Suspiró, arqueó las cejas, y colocó una pequeña carpeta de cuerina borravino sobre la mesa. Extrajo varias copias de las fotografías del símbolo que tenía marcado en la frente el cadáver de Zarelli.
Todos los cardenales miraban las fotografías consternados, murmuraron entre sí mientras se las pasaban de mano en mano, algunos se persignaron, mientras que no podían apartar la vista de ése extraño símbolo marcado a fuego, con surcos profundos en la piel del cardenal.
―¿Fue por esto que se ordenó el funeral a cajón cerrado? ―preguntó Funesse.
Ragatti asintió, pero no emitió palabra alguna.
Encendió lentamente su pipa, un aroma a tabaco fresco, y rubio, dominó enseguida el lugar.
―Caballeros ―dijo, y se puso de pie temblorosamente―, estoy consternado por lo que sucedió, al igual que ustedes, y he de decirles, que estamos frente a un tema... que nos supera.
Todos lo conocían, y cuando esas palabras salían de su boca, era realmente porque estaba sucediendo algo que sobrepasaba su entendimiento.
―¿Qué sucede Antonio? ―preguntó Funesse.
Ragatti suspiró y su gesto se agravó, parecía que estaba a punto de estallar en llantos, pero solamente esparció un poco de suave humo y movió su sombrerillo.
Sin mediar misterio alguno, empezó a relatar, como casi veinte años atrás, una de la monjas del convento Avenigni, en Milán, decía que veía al diablo pasearse por los pasillos de una antiguo monasterio, y como contantemente éste le decía que iba a poseer su alma, porque ya era débil, y había perdido la fe en Dios.
La mujer era una anciana, la mayoría los sacerdotes y las demás monjas, creía que estaba chiflada. Pero los datos obtenidos por los sacerdotes enviados por el Vaticano, dijeron otra cosa.
Cuando el mismo Ragatti, había llegado al lugar, ya era tarde. Con sus propio ojos vio como la monja anciana, Sofía Spadutti, se contorsionaba a una velocidad increíble, al ritmo de una melodía inexistente, con sus ojos velados, y su cuerpo deforme.
Continuamente daba alaridos atronadores, mientras pegaba su rodilla izquierda, y ambos puños contra el suelo del lugar, dando golpes duros y secos. El sonido era aterrador, los huesos de la mujer estaban expuestos y astillados, pero no parecía sentir dolor alguno.
Luego la mujer, solamente había empezado a treparse por las paredes cual araña u hormiga andariega, ya que se paseaba por el techo y las paredes a una velocidad increíble, desafiando todas las leyes físicas conocidas.
Cuatro sacerdotes jóvenes, lograron enlazar a la mujer como si fuera una res, y la redujeron a fuerza de golpes de puño y miles de oraciones; pero, el exorcismo, que había durado poco más de cuatro días, terminó siendo un rotundo fracaso.
La mujer terminó muriendo con su piel rasgada por los continuos arañazos, y escupiendo pedazos de lengua que ella misma se cercenaba a mordiscones, y también escupiendo algunos de sus dientes, que se caían a medida que el estado de la monja se agravaba.
Cuando exhaló, horas después un símbolo se impregnó en su frente.
El mismo símbolo, que tenía Zarelli, el mismo símbolo que había dibujado la monja Spadutti, con sus propias heces y orina, en las paredes de la habitación, junto a una frase.
Una sola palabra, que resonaba en la mente de Ragatti.
―Numarhiel ―dijo el cardenal, absorto, mirando el símbolo en la fotografía.
Los once cardenales lo miraron.
―¿Qué sucede Antonio... por que cita a Numarhiel? ―preguntó el cardenal Naninni.
Los once cardenales guardaron silencio, esperaban una respuesta de Ragatti.
El cardenal colocó temblorosamente la pipa en sus labios, y exhaló un poco de humo blanco.
―Señores... ha comenzado ―fue lo único que dijo.
Los cardenales se miraron, sabían muy bien que significaban ésas palabras, y hasta cierto punto, temían que alguien las dijera algún día, pero ya no podían evadir más el tema.
Si las profecías eran ciertas, Zarelli había sido la primer víctima, quizá, un chivo expiatorio, para advertir, que Lucifer, había sido liberado, o estaba próximo a ser liberado de su prisión.
―¿Cuándo llegará? ―preguntó Naninni.
―Según los cuatro grandes, éste mismo año, el maligno se dejará ver entre los hombres, y según Methegebhel, en el año dos mil cuatro, se dará por iniciada la guerra de Dios ―dijo Ragatti.
Todos guardaron silencio.
Enseguida la reunión tornó a sus sucesores, y la carga que tendrían que llevar a cuestas; pues el más joven del grupo actual, era el mismo Ragatti (que tenía sesenta y dos años de edad y Naninni que tenía sesenta y cuatro), todos lo demás, ya superaban los setenta años de edad, siendo el más viejo el cardenal Di Benedetto, de casi ochenta y dos años.
Todos sabían que ninguno de ellos estaba apto, ni física ni mentalmente para asumir la inmensa responsabilidad de esperar a que las profecías (si era ciertas), se hiciesen realidad.
El cardenal Gregorio Funesse movió su mano y preguntó―: ¿Qué oportunidad tenemos de advertir al representante de la iglesia Argentina?
―De inmediato, Gregorio ―respondió Ragatti―.
Todos se quedaron en silencio y se miraron.
―¿Aún está el cardenal De María al mando? ―preguntó el cardenal conservador, Sergio Spazzaro, más conocido como “el gran oponente”, (ya que gracias a él y sus cardenales laderos Tulio Fulline, y Marcio Dunicci), la mayoría de los textos bíblicos apócrifos, habían pasado a mejor vida, en las ermitas reformadas, donde se ocultaban los textos “no aceptados”.
―Si Sergio... Roberto De María, aún tiene su cabecera en la iglesia Santo Domingo, en Buenos Aires ―respondió Ragatti.
―¿Qué edad tiene? ―preguntó enseguida Naninni
―Ni lo piense Timoteo... no tiene la experiencia apropiada ―sentenció Spazzaro.
Ragatti levantó su mano y todos hicieron silencio.
―No me parece descabellado lo que acaba de decir Timoteo; creo que De María puede sernos de utilidad ―dijo, esparciendo un poco de humo―. Todos los cardenales murmuraron.
―¿De que manera Antonio? ―preguntó Funesse.
―Caballeros ―dijo Ragatti y se puso de pie nuevamente―, Argentina es un país muy espiritual... la mayoría de las personas son devotas, y cristianas creyentes de la primera hora, tienen mucha fe y sé, así como ustedes, que De María es un cardenal joven, de la línea “blanda” de la iglesia, no será dificil persuadirlo de tomar ésta tarea en sus manos. Y si las referencias a la que hace mención éstas profecías terminan siendo un fiasco, tendremos al hombre perfecto, que sabrá llevar sobre sus espaldas las críticas de sus pares y la sociedad toda, con nuestro apoyo... creo que tiene algo de cincuenta y tantos años de edad ―finalizó mirando a Spazzaro.
Funesse se inclinó un poco y preguntó―: Antonio, ¿y si las profecías de los cuatro grandes es real?
Ragatti caminó un poco, se tocó la barbilla, volteó y dijo―: Si terminan siendo real, es necesario que la iglesia tome parte activa, del descubrimiento de lo que dicen los cuatro grandes... pero dudo que éstas sean un despropósito ―agregó y su gesto se volvió pétreo.
―Con todo respeto Antonio, ¿pero eso no sería admitir lo que hemos negado por miles de años? ―preguntó Spazzaro.
―Sergio... ―dijo Ragatti y dio varias pitadas a su pipa―. Sabemos muy bien que Methegebhel, Ganahel, Munhel, y Budhiel, hicieron grandes profecías apócrifas, junto a los grandes profetas bíblicos admitidos, pero eso no significa que sus palabras sean impresas y dadas a conocer, solamente las estudiaremos detenidamente en caso que sean fidedignas; en caso contrario, no será necesario desestimarlas, ya que caerán por su propio peso, y se olvidarán.
Algunos cardenales estaban de acuerdo con lo que decía Ragatti; otros, creían que trasmitir las palabras a un cardenal sin experiencia, era un plan sumamente arriesgado.
―¿Cómo sabemos que De María no dará a conocer la información que le será brindada? ―preguntó Naninni.
―Estará bajo nuestra sombra Timoteo ―dijo Ragatti―, pero alguno de nosotros tendrá que ser su tutor, para que la tarea sea llevada a cabo en tiempo y forma ―agregó y se sentó rápidamente.
―Caballeros, personalmente, creo que llegó el momento, que todos estábamos esperando. Si es verdad que el gran infame será liberado y se hará carne, no nos queda otra cosa que esperar ése momento ―explicó Ragatti.
―Antonio... ¿qué fue lo que sucedió con Zarelli? ―disparó Naninni, y todos pusieron su atención en lo que diría Ragatti.
El viejo cardenal, vació sus pipa en uno de los ceniceros, la dejó sobre la mesa, y entrelazó sus manos.
―Señores... ha llegado la hora en que dejemos de pensar que el demonio es una figura de color rojo, con cuernos, cola y tridente ―todos los cardenales rieron a medias―. Si lo que dicen los cuatro grandes apócrifos es verdad, Lucifer bajará a la tierra en forma humana, para proclamar su nombre, y será el momento exacto, cuando su par antagónico se hará presente...
―Numarhiel ―dijo Naninni.
―Correcto... lo que los cuatro grandes no especifican, es como será el enfrentamiento, muchos de nuestros estudiosos, dijeron que era una metáfora, siendo el Anticristo alguien con poder, que manejará las sectas que amenazan a la iglesia cristiana.
―¿Y Numarhiel? ―preguntó Spazzaro.
―Seguramente será alguien prominente de la sociedad, o alguien que tenga algún tipo de conocimiento o don, que llevará a la religión cristiana a su apogeo absoluto ―explicó Ragatti―. El signo que tuve oportunidad de ver; y ustedes también, en el cuerpo de Zarelli, es una amenaza directa a la iglesia y a sus integrantes, por parte del infame ―el cardenal carraspeó un poco y se cruzó de brazos―, según nos dice Ganahel, antiguamente cuando había alguna batalla, se estilaba dejar una marca en algún soldado capturado, que simbolizaba el deseo de lucha con el jefe, rey, o cabeza del grupo... algunos cortaban orejas, otros cabezas; algunas marcaban cruces o dejaban otros símbolos. En éste caso, el símbolo que vieron en el cuerpo de Zarelli, es nada más y nada menos que un desafío al mismo Dios; y al que según Methegebhel, comandará al ejército del Altísimo.
―¿Pero porque dejar un símbolo, para desafiar a alguien que según las profecías todavía no nació? ―preguntó Funesse.
―Según lo que cita Methegebhel, es una llamada a guerra, para todo aquel que se crea digno de ser el representante de Dios en la tierra, pero la marca fue dejada, porque la cabeza del ejército del Altísimo, ya se encuentra entre nosotros ―explicó Ragatti―.
―No comprendo Antonio ―dijo Spazzaro.
―La figura de Numarhiel, puede ser metafórica como les expliqué anteriormente. Llamemos Numarhiel al Papa, o a la iglesia cristiana, en todo el conjunto, pero hay otros que creen que Numarhiel, será alguien de carne y hueso, dotado de los dones y la sabiduría necesaria para combatir y derrotar al ejército de Satanás ―explicó Ragatti―, pero lo importante es señalar, que si alguien así tiene semejantes poderes, tiene que ser un hombre fuera de lo común, bendecido con una inteligencia y aspecto físico sobresalientes ―dijo finalmente el cardenal―.
―Caballeros, para que comprendan lo que digo, terminaré de citar las palabras que quedaron inconclusas en los labios de nuestro amado hermano Zarelli ―dijo extrayendo una copia de la traducción realizada al papiro encontrado―.
Todos los cardenales asintieron, y guardaron el más absoluto de los silencios.
Ragatti se colocó las gafas, y empezó a leer:
―El día a llegado, éste es el fin que inicia el fin, puesto que el líder del ejército del Altísimo, será carne, y el signo se verá ante los ojos comunes. Desconocido para todos será, más el signo de Numarhiel se dejará ver en todo el mundo ―Ragatti alzó la vista, y contempló a sus colegas que estaban con la cabeza gacha, meditando sobre las palabras que escuchaban―. Durante el año dos con mil y durante tres años, el gran apóstol negro aparecerá delante de los hombres, y formará su ejército, porque a los seres de la tierra, se les dará dones para que formen parte de él.
Todos los cardenales levantaron la mirada al instante.
Ragatti siguió leyendo.
―Durante ése tiempo, el hombre y sus bienes, perecerán bajo la mano del temible ángel que aborrece a Dios, más la iniquidad y la injusticia, llegarán a su fin, cuando el que ha nacido en dos años luego del setenta, vea la luz de la sabiduría, y enfrente a los ángeles del demonio... ¡Cuanta sabiduría, cuanto poder!, El ser estará listo a morir, porque después de cuatro años de que el segundo milenio de lugar, la guerra de los ángeles empezará.
¡Hay para el que no comprenda éstas palabras, y se pierda en el oro y en la plata!. ¡Suplicarán los reyes, suplicarán los ricos y los pobres, más sus lamentos no serán escuchados, porque la voz terrible del Dios Verdadero, ha dado su veredicto único e irrevocable! ¡Encomendad el alma al Dios Puro, encomendad la carne al Dios de la Justicia!, porque lo que se acerca, no será de éste mundo.
Ragatti finalizó la lectura, se persignó y besó la cruz que llevaba colgando al cuello. Los cardenales lo imitaron y se quedaron cavilando sobre lo que habían escuchado.
―Ciertamente es una profecía exacta ―dijo Naninni.
―Así es Timoteo, y ustedes saben bien que lo que sucedió en ésta santa ciudad, está contemplado en las palabras de Methegebhel ―dijo el cardenal, tomando el papel entre sus manos―.
―¿Zarelli? ―preguntó Spazzaro
―Así es Sergio... si nos atenemos a éstas palabras, tenemos que admitir que Satanás ha sido liberado ―dijo Ragatti con gesto adusto. Todos se persignaron nuevamente y se miraron.
―Y su poder irá creciendo, a medida que se acerque la fecha profetizada por Methegebhel, sintiéndose los mayores estragos antes del enfrentamiento; o sea cerca, o después que el calendario marque el año dos mil cuatro ―dijo Ragatti―. Señores ―continuó diciendo, colocó un poco de tabaco y encendió nuevamente su pipa―. Roguemos al Dios piadoso, porque éstas profecías sean un mero simbolismo, pero atento a lo que sucedió con Zarelli, ya no estoy seguro de que éstas palabras contengan simples metáforas ―agregó mirando a Spazzaro. Lo que todos sabemos a tientas, es que en el año setenta y dos, ha nacido en Buenos Aires, el que se dice será el elegido para luchar contra el ejército del mismo Satanás, y en el dos mil cuatro, la guerra se iniciará... y es ahí donde nosotros, y el apoyo de la santa iglesia tiene que ser visible. Señores ―se puso de pie―, votaremos, para saber quien de nosotros será el tutor del cardenal Roberto De María, y el guardián de las profecías de los cuatro maestros.
Spazzaro levantó su dedo.
―Si Sergio ―dijo Ragatti.
―Su eminencia, no discutiré ahora el contenido de ésos apócrifos, debido a los hechos que sucedieron aquí... ¿Pero no le parece apresurado de nuestra parte, tomar cartas en un asunto, que parece salido de un film de ciencia-ficción?
―Sergio... no estoy seguro de saber a lo que nos enfrentamos ―Ragatti se colocó frente a un pequeño cuadro, que representaba la crucifixión de Jesús―; con esto quiero decir, es que no sé a ciencia cierta, si el mismísimo Satanás es el que fue liberado, o si Numarhiel es en realidad alguien como nosotros, un hombre común corriente... obviamente, deseo que todo sea una profecía metafórica; pero así como el hijo de Dios nació, creció, fue instruido y dejó su legado; creo que alguien lo necesariamente nefasto como para aceptar a Satanás en su corazón, será el representante de la oscuridad en la tierra.
―¿El Anti Cristo? ―preguntó Naninni.
―No necesariamente Timoteo... sabemos que existieron y existirán muchos Anti Cristo menores en todo el mundo, pero creo que en teoría, el que se dejará ver, tendrá toda la sabiduría maligna de su creador, así como Jesús, tenía la sabiduría del Altísimo ―Ragatti volteó y suspiró―, es previsible que éste ser, solamente preparará el camino para la venida del verdadero Anti Cristo, así como Numarhiel, preparará la venida del verdadero Dios.
―Si todo esto es... verdad ¿Como se presentará el representante de Satanás, en un niño... una niña? ―preguntó Spazzaro.
―Lo dudo Sergio. Un alma pura no podría aceptar a un ser maligno en su ser, salvo si hablamos de un nacimiento divino o diabólico, o una posesión... Si lo que dicen los cuatro grandes es verdad, estaremos hablando de alguien ya formado, un adolescente, tal vez un hombre; alguien que en su momento haya podido discernir entre el bien y el mal, y que haya aceptado la misma esencia del demonio en su corazón y éste dispuesto a luchar en su nombre, así como también estará dispuesto Numarhiel a luchar en nombre de Dios.
―Antonio... ¿estás hablando de una posesión demoníaca? ―preguntó Naninni.
―No lo sé Timoteo, tal vez si, tal vez no... no puedo imaginar como Satanás se hará visible, pero tomando en cuenta éstas palabras ―Ragatti apretó un poco el papel―, de lo que estoy seguro, es que tanto el representante del diablo, como el representante de Dios, se enfrentarán en algún momento. Pero debido al misterio divino, el oscuro es el que actuará primero, ya que Dios dejará a los hombres y mujeres decidir con libre albedrío; ya vieron el desafío dejado en la piel de Zarelli...
Los cardenales se miraron y murmuraron.
―La tarea en Buenos Aires, será de una gran responsabilidad señores, ya que estamos frente a algo desconocido ―dijo Ragatti.
Sergio Spazzaro movió un poco su silla y se puso de pie, miró a todos con preocupación, carraspeó un poco y dijo―: Antonio, creo que si alguien tiene que estar en ése lugar, no puede ser otro que usted o el hermano Naninni ―dijo―, no lo digo por una comodidad, afrenta, o para evadir responsabilidad alguna, sino que lo digo, por la edad con la que contamos los integrantes de éste grupo ―agregó.
La mayoría asintió casi al instante. Seguidamente el cardenal de mayor edad, Tomasso Di Benedetto, tomó la palabra.
Se puso de pie trabajosamente y dijo―: Señores ―todos guardaron silencio absoluto, ya que era uno de los hombres más respetados y sabios de lugar―, creo que tanto Antonio como Timoteo, son los indicados para realizar ésta tarea, puesto que nos honrarían con su sabiduría y su jovialidad, a comparación de nuestros años y nuestros huesos cansados. Digo que deberán decidir entre ambos, quien será el tutor del cardenal De María en Buenos Aires, sin que medie ninguna intromisión de los diez restantes ―agregó señalando a todos sus colegas. Dicho esto, se volvió a sentar lentamente.
Todos los cardenales asintieron, algunos murmuraron dando el visto bueno a las palabras de Di Benedetto.
―Que así sea ―dijo Ragatti, e hizo una reverencia al anciano, que había sido uno de sus grandes maestros.
―Dispondremos de la fecha de partida, y seguidamente...
―Perdón por la interrupción, su eminencia ―dijo un guardia agitado―.
―¿Qué sucede? ―preguntó Ragatti.
―Ha... ha... sucedido algo en las catacumbas ―dijo el joven.
―¿Cómo?
―Lo tiene que ver usted mismo su eminencia ―dijo el guardia.
Todos los cardenales se pusieron de pie, y se miraron alarmados y desorientados; a paso algo cansino, se dirigieron a la sala mayor y luego empezaron a descender lentamente, hacia las catacumbas, flanqueados por los guardias del Vaticano.
―¿Qué fue lo que sucedió? ―le preguntó Ragatti, a Dominico Gotte, el jefe de la guardia real―.
―Su eminencia...
Ragatti lo tomó de un brazo, y lo apartó un poco del grupo de cardenales.
―¿Qué sucedió? ―preguntó nuevamente Ragatti, casi murmurando―.
―Su eminencia... ―Gotte bajó la vista un instante―.
―¡Que sucede Dominico! ―apresuró el cardenal.
―Antonio, el cardenal Zarelli... ―el hombre se interrumpió, y se tapó la boca―.
―¿Me puede decir que sucede?
―Su eminencia, véalo usted ―dijo Gotte y tomó al cardenal del brazo, y lo llevó lentamente hasta el lugar, donde ya se había colocado una cortina de lona a modo de medianera, para cubrir el lugar exacto, donde descansaba el féretro de Zarelli―.
Ragatti miró una vez más al hombre, antes que éste, corriera la lona con su mano temblorosa.
―¡Por todos los cielos! ―exclamó Ragatti, y se tomó fuertemente del brazo de Dominico, para no caer.
El cadáver de Máximo Zarelli, había sido crucificado cabeza abajo, usando como parantes dos lanzas de nogal, de los guardias que yacían inertes en suelo.
El cuerpo del cardenal, había sido traspasado por una de las lanzas, y ésta, se encontraba clavada en el piso de mármol, formando una grieta considerable. Los pies del difunto había sido atados con un cordón de oro, y sus dos brazos estaban quebrados a la altura de los codos y las muñecas: el cuerpo embalsamado, se mantenía increíblemente en equilibrio.
El rostro de Zarelli, tenía los ojos abiertos de par en par, desafiando los prolijos trabajos de embalsamamiento, que había realizado Cotti.
Ragatti cayó de rodillas, se persignó, y gimoteó un poco.
Alzó la vista nuevamente, miró con detenimiento el lugar. Alrededor del crucificado, habían realizado un símbolo con la sangre y partes de los órganos de los dos guardias.
Antonio Ragatti, reconoció al instante el signo. Se tapó los ojos con ambas manos y negó con la cabeza.
―...Ha comenzado ―murmuró con lágrimas en los ojos―.
Según la historia, ésa secuencia de extraños y trágicos sucesos fue uno de los tantos primeros anuncios.
El día veintiocho de noviembre de ése año, el cardenal Máximo Ragatti, se encomendó a Dios, y aceptó viajar a Buenos Aires, cosa que hizo de inmediato. Su viaje fue mantenido en total hermetismo, y sólo el sumo pontífice, fue puesto al tanto de la tarea que se le encomendó al clérigo.
Su llegada, y su encuentro con el cardenal Roberto De María, estuvo plagada de sucesos extraños y magníficos, que quedaron asentados en la memoria de los que vivieron, y vieron los signos del cambio. La historia se empezaba a reescribir, porque así tenía que ser.
El innombrable había sido liberado, y ellos lo sabían; pero también sabían, que llegaría Numarhiel, y ése, sería el fin, que iniciaría el fin de lo que se conocía hasta ése entonces, porque la guerra de Dios, se había iniciado.